Mi mano inquieta ronda por los bolsillos
de mi ropa en busca de un pequeño papel cuadriculado que contiene la dirección a la que me dirijo. Mi cabeza, caliente
por el sol de la tarde en lo alto de mis pensamientos impacientes y dudosos
buscan pistas en lugares de mis
recuerdos, donde la incertidumbre especula. Mis ojos, inquietos igual que mis
pies, parecen un “pin pon” mientras camino observando la nomenclatura de las
calles y carreras del barrio la Soledad
en Bogotá.
Eran las dos de la tarde y el sol
dorado como siempre pintaba con su luz
enormes casas al muy estilo gótico inglés. Parques solitarios, andenes vacíos, y una que otra
persona o animal caminando. De repente mis
manos, mis ojos, mis piernas todo mi cuerpo se paralizó. Parecía como si
hubiera visto algo irreal. Encontré la dirección. Verifique que así fuera. Guarde el papel al mismo tiempo que una
mezcla de asombro, sorpresa e inseguridad me invaden. Registraba de arriba abajo la excéntrica
fachada de la casa, parecía el patito feo de las casas del vecindario, a simple vista no es como las demás, emanaba
un aire sospechoso.

Me acerqué a la casa. Estaba
justo en frente del Museo del resultado oculto del trabajo del hombre y de la
mujer. Observaba paciente la puesta en
escena, la manera original y subjetiva de expresar la realidad del mundo. Peto todo me imaginé menos que
hubiese un museo tan curioso. Con tanta basura en su jardín junto a casas tan
bonitas. Leo letreros con frases anticonsumistas
y ambientalistas, “ así está el mundo”, “de dónde sale la materia prima para
fabricarlas”, “cuántas de estas cosas necesitas para viv
ir”, leyendas como
éstas y otras hay alrededor del museo. Pero no solo es eso, varios objetos cuelgan de las ramas de los árboles del jardín como adornos navideños: tubos, tapas de
sanitarios, neumáticos, sillas, zapatos, botas, latas de cerveza, cascos de
obra, entre muchos más.
No hay que tener un mínimo de conocimiento sobre el arte y su
manera abstracta de expresar la realidad
para entender la relación de los objetos
con los carteles. Sin embargo, pienso
que puede haber personas que ven el
mueso como un simple acto de rebeldía o
locura. Por el contrario, lo percibo como una manifestación estética que
despliega alto grado de inconformidad,
una acción artística que comunica un mensaje verdadero y preocupante, que
expresa sentimientos, pasiones, deseos, emociones, etc.

Después de estar unos minutos
observando, la inseguridad disminuye pero el asombro y la sorpresa aumentan. Mi curiosidad era evidente y luego de observar todo, abrí la puerta del
jardín, que en realidad no era una puerta sino un tablero que se uso en algún
tiempo de cabecero en alguna cama y que ahora le toco ser la puerta del jardín
del mueso. Me acordé de mi clase de artes, una noche en que se expuso bricolaje
en el arte: sencillamente es darle un uso diferente del acostumbrado a los
objetos, como la puerta del jardín, por ejemplo.
A pocos metros estaba la puerta
abierta del museo, pero no se podía ver al interior, lo impedía un velo color
mugre. – Buenas tardes – dije, no recibí
ninguna respuesta. – Puedo pasar – dije más fuerte. “ no ve que está abierto”,
escuché. La respuesta me altero un poco los nervios. Aparté el sucio velo con
cautela y sentí una sensación incomoda junto a
un olor extraño; una mezcla que
no diferencie, similar al olor que
se siente en un lugar donde reciclan y hay mucha basura almacenada.

- En este lugar tan oscuro no
debe vivir ninguna mujer- , pensé, - no creo que una mujer se aguante tanto
desorden - . Sin embargo el lugar no era
insoportable. És su esencia propia, no podía haber otro olor. Mi nariz se
acostumbraba a medida que permanecía
allí. El techo está a pocos centímetros de mi cabeza, Hay tantos objetos que hacen estrecho y bajito el lugar, que golpean mi cabeza, cosas de todo
tipo colgadas en el techo: latas de cerveza, controles de video juegos,
muñecos, cds, etc. También en el suelo hay cartones para huevos, cajas de
cartón, televisores, libros viejos, cuadros de pintura, bicicletas dañadas, cisternas
que sirven de silla, - parece -, electrodomésticos, botellas
vacías de whiskey entre otras.
Nadie acude a mi llegada. Miro hacia al interior y hay un cuarto con la luz encendida. Es la cocina. Veo una persona con un plato en la mano, me
acerco, - buenas tardes- le dije, es
un hombre con mirada misteriosa que come frijoles con arroz. Tiene pelo corto, ojos grandes y ropa sucia,- será que es el dueño del mueso -
, pensé. Pero su apariencia es más similar a la de una persona hambrienta que vive en la calle. “
buenas ”, respondió, - qué es el museo de la basura- dije, quita la
mirada del plato y con la boca me indica unas escalerillas de madera que están a mi espalda que conecta al segundo piso del museo, - supuse- . Subí
por la escalerillas inestables y me encontré con un cuarto pequeño, es una
especie de mezzanine, o altillo, o sarzo/zarso
como le dicen los paisas.

Veo tantas cosas allí que me
demoraría mucho en nombrarlas. Al costado izquierdo, veo una mano
que sostiene un baso de vidrio que contiene un liquido oscuro y unas piernas
que descansan en una butaca. De frente mío hay una ventana donde cuelgan diferentes
objetos, y un monitor blanco de computador. Al costado derecho se ve la luz de un
bombillo forrado con papel rojo. Cerca de las escalerillas donde me encuentro
hay una mesa de madera con las patas delanteras
torcidas, y centenares de objetos colgando por todo el cuarto. Es el cuarto más
desordenado que he visto en mi vida.

Al subir las escalerillas vi un
hombre gordo, de pelo enmarañado como el de un rasta, lentes, barba
prominente. Viste buso rosado con
un chaleco negro encima, pantalón oscuro, que
descansa sobre un viejo sofá de cuero con el vaso de vidrio en la
mano que contiene líquido oscuro. Toma whisky,
y lo hace todos lo días. Es Francisco Antonio zea Restrepo Escobar Restrepo Campuzano
Echeverri, fundador del Mueso de la
Basura. Dice que lo mataron en Envigado y lo remataron en Cartagena y reencarno
en Ron Antonio de Jesús Casafús Torres Restrepo y Zea. – Creo que Ron Antonio
es el seudónimo de alcohólico-.
Nació en el barrio Manrique de la
ciudad de Medellín. Estudió administración de empresas. Vivió un tiempo
en Francia, allá estudio bellas artes. Regreso a Colombia y vive donde
actualmente es el Museo de la Basura, su hogar. - por qué usa las gafas
al revés- , y en su estilo vulgar
responde “hay una ley matemática que dice que menos por menos da más, y si el
mundo está cagado me pongo las gafas al revés así lo veo bien”.
- Por qué la idea de hacer un mueso
con basura - “bajemos un momento al jardín”, respondió. Estando
allí señaló con el vaso un letrero que me impactó cuando lo leí antes de
entrar. “incitar al consumo irracional
en beneficio de los grandes grupos económicos es un crimen contra la
naturaleza”, añadió, “ todo esto que usted ve lo hice para concientizar y educar
a la gente y mostrarles la mierda en la
que andamos”. “ este mundo sabe a mierda, y las personas que viven en él no son
de mi agrado”, termina diciendo. - Cuál es el motivo de ese sentimiento hacia las personas. Antonio responde de manera
efusiva “por gonorreas con el planeta”.
Su respuesta me cauda risa y me dice, “es
verdad güevón”, y me da más risa.
Entramos al mueso, subimos al
mezzanine , se sirvió otro trago de
whisky pero ahora en un vaso de mermelada. Nunca me ofreció, prendió su radio,
está sintonizado en la Ventana de Caracol. L
e pregunte si le gusta el programa, me contesta que no hay mucho
de donde escoger. En ese momento una vos de hombre irrumpió, “podemos seguir”, son un
grupo de estudiantes de comunicación social que lo quieren indagar. Muchas
personas van en busca de una entrevista con Antonio. Minutos después llegaron
dos jóvenes a fumar marihuana, dicen que trabajaban en el canal 13 como utileros. Le
pregunto a Antonio que si le gustan las drogas, me respondió, “tengo dos
vicios en la vida, el alcohol y el clítoris”. Suelto la carcajada. No le
pregunté nada más porque Antonio empezó hacer bromas y hablar basura con los
utileros. Recibo una llamada inesperada, salgo del museo. Cuándo vuelva seguirá
esta historia.